Alimentos, nombres e inmigrantes

Por Dr. Pablo Morón - Dra. Elena Schiavone

Muchos alimentos tradicionales y vastamente consumidos en nuestro país son conocidos con el nombre que les pusieron los inmigrantes que empezaron a elaborarlos cuando llegaron a su nuevo terruño. Esta circunstancia, muy anterior a que se extendieran en Europa las indicaciones geográficas como signo distintivo, crea situaciones que son contempladas por la legislación y deben tenerse muy en cuenta a la hora de comerciar y promover.

Nombres como champagne, jerez, málaga, oporto, marsala, cognac, roquefort, parmesano, emmenthal, enzaimadas, sobreasada, calvados, turrones de jijona y de alicante y otros que forman parte de las normativas alimentarias desde hace más de 70 años, hoy coinciden con nombres geográficos que son Indicaciones Geográficas (IG) y Denominaciones de Origen (DO) protegidas en la Unión Europea.

La República Argentina, como país miembro de la Organización Mundial del Comercio y signatario del Acuerdo de Derechos de Propiedad Intelectual relacionados con el Comercio (ADPIC, ley 24.425), se obligó a brindar protección a las indicaciones geográficas , para lo cual debió construir marcos legales e institucionales (Leyes 25.163, 25380 y sus normas reglamentarias). Sin embargo, El ADPIC exceptúa a los miembros de la obligación de dar protección a aquellos nombres geográficos idénticos “al término habitual en el lenguaje corriente al nombre común de tales bienes en el país miembro” (…) es decir, los “genéricos”. Argentina ha recogido esa excepción en su normativa nacional.

Por otra parte, las negociaciones multilaterales y bilaterales en torno a la protección de las IG en el mundo continúan, y la UE reclama un reconocimiento efectivo de la exclusividad en el uso de los nombres para productos elaborados en el lugar geográfico donde históricamente se originaron.

Un breve recorrido por la historia y la normativa muestra por qué razón hay nombres geográficos que hoy son el nombre común de alimentos, y a la vez, nombres protegidos bajo IG-DO en la Unión Europea, sin que provoquen error o engaño en el consumidor respecto del verdadero origen de los productos, sobre los cuales se podría aplicar la excepción antes señalada.

Algo de historia

Entre 1821 y 1924, unos 55 millones de europeos emigraron a distintos continentes. Más de 5 millones arribaron a Argentina, sumándose a los 1.877.490 habitantes que registró el censo nacional de 1869.

Se afincaron en asentamientos rurales, semiurbanos y urbanos, donde desplegaron sus costumbres y formas de producir, y las adaptaron a las condiciones y materias primas locales: no solo debían proveerse sus propios alimentos, sino también alimentar a una creciente población urbana.

Entre los saberes que se trasladaron de Europa estaban su cultura alimentaria y de elaboración, que se adaptaron a las materias primas locales disponibles, lo que hizo surgir productos con identidad propia que ello los llamaron con nombres iguales o similares al que usaban en su terruño. No por copiar, no por usurpar derechos ajenos sobre un nombre, no por querer engañar al prójimo, sino porque nadie les dijo que al marcharse debían olvidar sus raíces culturales.

La afluencia inmigratoria trajo un crecimiento explosivo de la economía local: entre 1919 y 1929 el PBI de la Argentina creció al 3,61% anual: era la edad de oro de la economía argentina, que en 1928 alcanzó nada menos que el sexto puesto del PIB mundial. Este proceso fue posible gracias a varios factores:

• La llegada de inmigrantes europeos trajo consigo una nueva mentalidad empresarial que acompañada de los conocimientos tecnológicos, fue fundamental para la aparición de las primeras empresas locales, y junto a la clase empresarial, también se formó una clase obrera.
• El crecimiento poblacional, que posibilitó el surgimiento de un mercado rentable para la producción local.
• El corte de las importaciones consecuencia de la Primera Guerra, hizo que la demanda presionara para la creación de una oferta local que pudiera satisfacer sus necesidades: aquellas ramas de la industria basadas en la utilización de insumos y materias primas locales –como la alimentaria- tuvieron así un fuerte impulso.

Las importaciones sustituidas por producción nacional, fueron luego objeto de medidas de protección arancelarias, particularmente a partir de la 2° Guerra Mundial. Ello, sumado a que las relaciones de cambio no fueron favorables, dieron como resultado que el consumidor local no pudiera acceder a los productos originales europeos durante casi 50 años, lo que disipó la inicial referencia geográfica de muchos nombres que identificaban alimentos. Por otra parte era corriente, entre los industriales argentinos, designar determinados productos con nombres extranjeros, lo que siempre fue considerada una práctica comercial lícita, en la que no se advirtió nunca una tentativa de inducir a error o engaño en el consumidor (Ver Fallo, Corte Suprema de Justicia, 248:385), ya fuera como designación de venta o como marcas.

El crecimiento de la industria alimentaria argentina apuntó al abastecimiento de los alimentos necesarios para la población, y fue acompañado por normas estatales sobre inocuidad y rotulado de alimentos. En este proceso, resultó necesario consignar nombres para identificar y definir a los alimentos en el comercio, y los convirtió en el nombre de un tipo de producto.

Para citar solo algunos ejemplos:

• Ya desde 1899 la Ley de impuestos internos menciona licores como el jerez y el marsala; y en sucesivas modificaciones, incluye whisky, cognac, brandy, ginebra, pisco, el tequila y el champagne.
• La Ley General de Vinos, Nº 14.878, dictada en 1959 y plenamente vigente, que regula la producción, industria y comercio vitivinícola en el territorio de la Nación, define en su art. 17 como vinos especiales al champaña o champagne, al cognac, a la grappa, e incluso, al pisco.
• En 1969 la Ley 18.284 que aprueba el Código Alimentario Argentino (y compila normas anteriores dispersas), indicó en su art. 236 que “En general, las denominaciones geográficas de un país, región o población no podrán usarse en la designación de los productos elaborados en otros lugares, cuando puedan inducir a engaño. Constituyen excepción las denominaciones geográficas extranjeras que por el uso se han transformado en genéricas y que, por esta razón, no componen denominaciones de origen. Tales son Champagne, Emmental, Gruyere, Habana, Jerez, Madeira, Málaga, Oporto, Roquefort, Marsala, Salsa Indiana, Salsa Inglesa, Salsa Portuguesa y otras”. En varios de sus más de 1000 artículos se designan y luego tipifican alimentos que llevan nombres geográficos extranjeros.
• En 1982 La Ley de Lealtad comercial Nº 22802 -Régimen general de identificación de mercaderías- señala en su Art. 7 que “no podrá utilizarse una denominación de origen nacional o extranjera para identificar un fruto o producto cuando éste no provenga de la zona respectiva”, y en el Art. 8 que “Se considerarán denominaciones de origen de uso generalizado y serán de utilización libre aquellas que por su uso han pasado a ser el nombre o tipo de producto”.

Qué es un nombre genérico

El diccionario de la Real Academia Española define como Nombre Genérico = nombre común, al que se aplica a personas, animales o cosas que pertenecen a una misma clase, especie o familia, significando su naturaleza o sus cualidades.

Las denominaciones genéricas son parte del lenguaje común, es decir, inapropiables; y al ser bienes de uso libre, carecen del elemento fundamental en el comercio, “la distintividad” que puedan hacer de ellas marcas o indicaciones geográficas, los principales signos distintivos de la propiedad intelectual.

Se han dado muchos casos en que la marca es un nombre propio que se hace común, favorecida no sólo por la repetición del uso o de la demanda, sino por factores naturalmente propicios, como el de ser nombres inaugurales de artículos o consumos nuevos. Ej: Martini y Campari, Vermouth, Curita, Maizena, Chiclets, vaselina, mentolado, blue jeans, bikini, celuloide, celofán, video, Margarita, Gillete, Nylon, teflón, lycra.

En materia de nombres geográficos, estos se convierten en “nombre genérico” cuando pasan a ser la forma habitual de designar un producto. En alimentos, tema que nos ocupa, si bien refirieron originalmente a un lugar de producción, se transformaron en la forma común en el que el público designa, en su lenguaje corriente a un tipo de alimento en Argentina; en muchos casos, incluso, se convirtieron en la designación de venta o nombre comercial.

Varios de esos nombres hoy coinciden con nombres geográficos que son Indicaciones Geográficas (IG) y Denominaciones de Origen (DO) protegidas en la Unión Europea –y en el Arreglo de Lisboa/OMPI- especialmente en lo atinente a quesos, chacinados, vinos y bebidas espirituosas.

Sin embargo, esos nombres ya eran conocidos por los consumidores argentinos mucho antes de que existieran las indicaciones geográficas como un signo distintivo de la propiedad intelectual, y por la obligación de reconocerlos.

Normas que sustentan la exclusión de
la registrabilidad de IG-DO extranjeras
por ser nombres genéricos

La Ley 25.380, modificada por la 25.966 sobre IG-DO de productos agrícolas y alimentarios señala en su art. 25 que: “No podrán registrarse como indicaciones geográficas y/o denominaciones de origen las que: a) Sean nombres genéricos de productos agrícolas o alimentarios, entendiéndose por tales aquellos que por su uso han pasado a ser nombre común del producto con el que lo identifica el público en la República Argentina”.

Esta definición se completa en el art. 25 del Decreto reglamentario 556/2009: “Se considerarán nombres ‘genéricos’ a los fines de la Ley Nº 25.380 y esta reglamentación, aquellos nombres y/o designaciones de productos agrícolas o alimentarios que constituyen el nombre corriente o vulgar con el cual el público en general identifica un producto —o clase, categoría o variedad— en el mercado nacional, sin relacionarlo con su origen o lugar de fabricación. Asimismo, se considerarán nombres genéricos —salvo prueba en contrario— a nombres y/o designaciones de variedades o tipificaciones contenidas en normas y regulaciones del sector alimentario y agropecuario”.

Esta excepción abarcaría casos regulados en el CAA, como las variedades de quesos Brie y Camembert (art. 623); Gruyere y Emmenthal (art. 628); gorgonzola (art. 627); Parmesano, Reggiano, Sbrinz (art. 635). Los turrones tipo alicante y jijona (art. 800). Las bebidas espirituosas como Kirsh, Calvados y Cherry (art. 1113); Anis y Pastis (1118-1120); el Coñac y la Grappa (art. 1116). Y a farináceos como las enzaimadas (art. 757), y embutidos como la sobreasada.

Por su parte, la Ley 25.163 que regula la designación de vinos y bebidas espirituosas de origen vínico, en su art. 32 indica que: “No podrán registrarse como Indicaciones de Procedencia, Indicaciones Geográficas o Denominaciones de Origen Controladas: a) Los nombres genéricos de bienes, entendiéndose por tales aquellos que por su uso hayan pasado a ser el nombre común del bien con el que lo identifica el público en general, en el país de origen. b) El nombre de una variedad de uva”.

Esta excepción impediría el reconocimiento de champaña o champagne, cognac o coñac, grapa o grappa, porque fueron definidos por la Ley General De Vinos, Nº 14.878 (1959) o fueron incluidos como tipos de producto en las leyes de impuestos internos desde hace más de un siglo.

El Estado Nacional, a través de la autoridad de aplicación se encuentra -por expreso mandato legal- imposibilitado de reconocer solicitudes que se enmarquen en alguno de los supuestos tipificados en la norma. Además, en muchos de los supuestos traídos a estudio se requeriría una investigación de hecho para determinar su inhabilidad de reconocimiento y registro.

La cuestión del reconocimiento o no de indicaciones geográficas o denominaciones de origen extranjeras, constituye actualmente un tema de discusión relevante en las negociaciones de tratados de libre comercio con la Unión Europea, pero también plantea discusiones con otros países por productos prestigiosos, como sucede con México (por su Tequila), o con Perú (por el Pisco).

Lo importante es tener presente que la Argentina no está obligada a reconocer las denominaciones o indicaciones que ya eran nombres genéricos mucho antes que fueran reconocidas por el Arreglo de Lisboa o el registro comunitario de la UE, debido a la conformación de la sociedad argentina, su historia, y la de la industria de alimentos y bebidas, que ha utilizado legítimamente y de buena fe esos nombres por décadas.

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